martes, 23 de julio de 2013

¡¡ UN DÍA COMÚN !!

El desesperante ruido del despertador, anuncia estrepitosamente el inicio de otro día en mi vida, son las cuatro de la mañana y la oscuridad de mi cuarto hace que empezar el día sea algo mas difícil, debo ser sincero mi cuarto no es como las películas, donde la luz del sol se cuela por entre los huecos de las cortinas o las persianas, te levantas y todo esta tan claro y ordenado que sonríes mientras te diriges a la ducha. No, mi cuarto es oscuro y en el suelo puedo sentir mientras doy cada paso para acercarme al interruptor de la luz, los zapatos, pantalones, camisetas y un sinfín de objetos que solo podre encontrar en donde los deje la última vez. Enciendo la luz y lentamente con la calma o mas bien la desidia que solo puede caracterizar cada una de mis mañanas, tomo una toalla y camino con ganas de no llegar nunca a la ducha, pero como todas las mañanas finalmente llego.
Lentamente y con la valentía de un soldado que se prepara a la guerra, miro la ducha, como si eso hiciera más pasable aquella epopeya de bañarme con agua fría a las cuatro de la mañana, miro y no se por qué, pero es lo que siempre hago en las mañanas antes de bañarme, no puedo decir que piense en algo mientras miro la ducha, simplemente miro. Con decisión y con algo del frio ambiente del baño abro la llave y el agua comienza a colarse por entre esos pequeños huecos que tiene la ducha, cada gota es como una pedrada que me golpea hasta los huesos, pero como todas las mañanas me acostumbro a esa horrible sensación, pero aun así nada puede evitar que empiece a respirar como asmático con un ataque o que mientras el agua me moja lentamente, salto dando vueltas cual niño jugando bajo la lluvia.            
Después de tres o cinco minutos bajo la helada agua de mi ducha, ya acostumbrado al frio, salgo a continuar la monótona agenda mental del día. Camino esta vez rápidamente a mi cuarto, pues como todos los días hoy se me ha hecho tarde y tengo que apurar el paso. Busco entre la montaña de ropa que hay en una esquina algo que este limpio y no tan arrugado para ponerme de esa ropa que mamá lavo y todo el fin de semana me repitió una y otra vez que doblara y guardara en los cajones correspondientes, encuentro entre una y otra cosa, un pantalón y una camisa algo arrugada, un par de medias que sospecho están limpias y mientras me las pongo trato de recordar donde deje los zapatos la noche anterior, eso como todas las mañana me lleva a buscar debajo o a los pies de la cama, y como todas las mañanas los encuentro junto a la puerta, con el par de medias que me quite exactamente la noche anterior.
Una vez vestido, corro al comedor con la esperanza de que como cada mañana, mi mamá haya preparado algo rico para el desayuno, pero mi desencanto no puede ser mayor, cuando veo que aun duerme, y que el único despierto en la casa soy yo. Eso me obliga a calentar un poco de leche y pensar en si hago chocolate o café. La leche como si se burlara de mi no hierve y mientras tanto el tiempo pasa rápidamente, mientras que a mi se me hace cada vez mas tarde; ya desesperado busco el tarro de chocolate instantáneo que esta en algunas de las gavetas que hay en la cocina, busco tratando de adivinar en cual, pues para mi, la cocina es un mundo desconocido e inhóspito, el cual no esperaba explorar un lunes en la mañana y menos si se me hacia tarde. Esos diez o quince segundos que aparte mi mirada de la leche que parecía no querer hervir, fueron suficientes para que la maldita leche se regara haciéndome sentir el más idiota de los seres humanos por haberle dado confianza a un poco de leche.
Preparo el chocolate con el poco de leche que me había quedado, y esta vez me sentí como un ingeniero químico que agregaba milimétricamente la cantidad suficiente de ese polvo marrón sobre la leche, para que quedara perfecto y que no me pasara ni sobrara a la hora de probar mi primer chocolate de la historia, hecho por mi claro esta. Lo pruebo y lo primero que puedo sentir es el quemonazo en la punta de la lengua que me deja la leche caliente, que una vez más se burlaba de mí y trataba de dañarme el día. Mientras limpio la leche que se había derramado y quemado en la estufa, y mientras espero que el chocolate que ahora no podre disfrutar porque mi lengua solo sentirá el calor de la bebida, no puedo dejar de pensar que es muy idiota dejar que la leche hierva para después dejarla enfriar a la temperatura en que puede ser consumida.
Miro el reloj y como las manecillas que corrían en mi contra. Me tomo el chocolate ya un poco menos caliente y emprendo el tormentoso viaje hacia aquel lugar donde tendría que pasar toda la mañana y parte de la tarde encerrado, sirviendo de eslabón para esa cadena que comprende la sociedad. Y con esa frase que cada mañana como monotonía irónica repetía al salir de mi casa -“HOY SERA UN DÍA, UNICO EN MI VIDA” (bueno tengo que reconocer que todos los días digo lo mismo, no porque tenga la esa percepción, de hecho pienso que cada día termina cuando inicia trágicamente la monotonía del día siguiente, por eso cada día es exactamente igual que el anterior).
Camino hasta el paradero del bus, pensando en que excusa valida podre decir para justificar que llegue tarde, aun cuando no sabia realmente si llegaría tarde, llego sin mirar a nadie, exactamente como todos los días. Después de unos tres minutos de espera se puede ver esa chatarra de seis ruedas, que bota mas humo que una locomotora a unos cincuenta metros de distancia. Finalmente una vez en el bus, se me hace extraño ver que ese mundo de gente que ciegamente el conductor embute uno tras de otro no están, aunque no puedo cantar victoria porque para desgracia mía como todos los día tendré que irme de pie. El viaje normalmente es lago, en los parlantes se puede escuchar esas emisoras en las que son más las cuñas publicitarias que música lo que suena, en el bus como en la mayoría se puede ver basura en el piso, uno o dos bombillitos fundidos y gente con malas caras tal vez como la mía porque era lunes y había que madrugar.
Finalmente llego, aunque con cinco minutos de retraso, y en mi cabeza abundan excusas de porque había llegado a esa hora, también un poco cargado con el estrés de todo lo que había pasado en el transcurso de la mañana, rápidamente cruzo la puerta de acceso y un grito me para en primera, –“¿EL CABALLERO PARA DONDE SE DIRIGE?”. No podía creer lo que me pasaba, que para rematar con lo que hasta el momento era mi mañana el vigilante del edifico me pusiera trabas para ingresar. Muy educadamente, pero con la desesperación que ya me brotaba por los poros, tuve que responder: –“VIEJO, YO TRABAJO AQUÍ”. Intente continuar mi camino, pero nuevamente la voz del vigilante, que esta vez sonó burlona e irónica dijo: -“QUE PENA, YO NO SABIA QUE AQUÍ TRABAJABAN LOS FESTIVOS”. Pueden alcanzarse a imaginar lo idiota que me pude sentir, pero reamente fue solo un día mas en la vida de este humilde parroquiano.

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